“Alemania” en el Museo Británico

Un impresionante exposición en el Museo Británico hace ver Alemania con otros ojos.

dpa/Daniel Kalker - British Museum

La frase de Nietzsche según la cual a los alemanes les caracteriza que para ellos la pregunta “¿Qué es alemán?” es inagotable, ha cobrado un mayor sentido tras la reunificación alemana, inclusive para los países vecinos. En estos momentos son los británicos quienes se plantean esta cuestión en la exposición “Alemania, memorias de una nación” del Museo Británico, la cual intenta indagar, tomando como base objetos ilustrativos, cuáles son los componentes de la identidad de la Alemania surgida a partir de 1990.

Hasta ahora, el campo de visión abarcado por los medios y en las clases de historia se centraba en los doce años de la dictadura de Hitler. Esta exposición, acompañada por una serie radiofónica de la BBC de 30 reportajes breves originales y de un libro ricamente ilustrado, amplía este campo visual haciendo un recorrido a lo largo de 600 años que incluyen los puntos álgidos y los abismos de la historia alemana. De pronto, los británicos conocen una Alemania 
distinta. El proyecto tiene para muchos un efecto revelador. Es como si rompiera un muro de contención de innumerables malentendidos.

En los años 2014 y 2015 se cumplen varias fechas relevantes en las relaciones germano-británicas, entre ellas, 300 años de la unión personal entre la casa de Hannover y Gran Bretaña, y también la caída del Muro hace 25 años. El hecho de que el Museo Británico haya escogido esta fecha para ofrecer material con el que replantearse Alemania y su papel en Europa, en lugar de una retrospectiva histórica, tiene como explicación, por un lado, la intención didáctica con la que se fundó el museo y, por otro, la visión del mundo de su director, Neil MacGregor, un maestro de la transferencia asociativa. Lo que él pretende es corregir la imagen de Alemania transmitida a los británicos. MacGregor considera tarea del Museo Británico ayudar a los ciudadanos a entender mejor el mundo y sin el país más importante de Europa no es posible comprender el mundo actual. Este proyecto es importante para él.

MacGregor y el equipo curatorial a las órdenes de Barrie Cook plasman las diferentes manifestaciones de la nación alemana a partir de la Baja Edad Media mediante objetos específicos y complejos temáticos que reflejan tanto momentos históricos 
claves y logros culturales como determinadas cualidades, ya sea el vínculo con el bosque, encumbrado por el romanticismo como paisaje espejo del 
alma alemana, o la tradición de la mecánica de precisión y la manufactura: desde el reloj astronómico de la catedral de Estrasburgo al escarabajo de Volks­wagen, pasando por el “oro blanco” de la porcelana fabricada en Meissen.

Un cínico y espeluznante ejemplo que ilustra esta maestría puesta al servicio del mal es la verja de 
hierro forjado a la entrada del campo de concentración de Buchenwald con la versión distorsionada en estilo Bauhaus del precepto de la antigua Roma “A cada uno lo suyo”. Al respecto escribe MacGregor: “Más que ningún otro objeto en esta narración de la historia de Alemania, este portón del campo de 
concentración, erigido casi al alcance de la vista de Weimar y de todo lo que esta representa, nos lleva de vuelta a la irresoluta y quizás irresoluble pregunta: ¿cómo pudo ocurrir? ¿Cómo es posible que las grandes tradiciones humanistas de la historia alemana no evitaran este total quebranto ético que condujo al asesinato de millones de personas y a una catástrofe nacional?”.

Un expositor alemán se hubiera sentido obligado a dar una explicación a lo inexplicable, opina Mac­Gregor, pero, como extranjero, él puede abstenerse de hacer comentarios. En la exposición, el camino que conduce a la catástrofe se describe sin adoctrinamiento moral, mediante una elocuente sucesión de objetos: el retrato de “Goethe en la campiña romana” de Tischbein, una cuna de Bauhaus y el portón de 
Buchenwald. La cuestión de cómo pudo todo esto ocurrir en un mismo sitio se asienta en la cabeza y se va abriendo camino poco a poco. Esto hace evidente el sutil método de MacGregor, que consiste 
en contemplar los objetos como un geólogo que lee la historia de la evolución en los sedimentos de la tierra. MacGregor pone en evidencia el carácter polifacético de los objetos y hace patente su poder de sugestión. El objeto expuesto se convierte así en un símbolo. Lo que define su enfoque, el cual él mismo destaca con gran respeto como singular, es la manera de vincular con el futuro la reflexión sobre el 
pasado de Alemania. El proyecto de MacGregor se basa en la convicción de que el diálogo de los vivos con los muertos puede contribuir a comprender 
mejor el presente y a forjar un futuro mejor. También se puede considerar “Alemania, memorias de una nación” como un intento de quitarles de una manera ilustrativa a sus euroescépticos compatriotas el miedo que les tienen a los alemanes.

El objetivo central de la exposición es hacer patente a los visitantes que no hay una historia alemana, sino muchas historias alemanas que resultan de las difusas fronteras entre los Estados y las estructuras federales. Esto se pone de manifiesto desde un principio en una vitrina en la que hay un mapa en el que Gran Bretaña está representada por una única moneda de oro británica, mientras que un montón de táleros de plata cubren el fragmentado territorio alemán, cada uno de ellos dotado del sello del correspondiente principado, obispado, abadía o ciudad que gobernaba bajo la égide del emperador en el Sacro Imperio Romano Germánico. El hilo narrativo consistente en 
resaltar la continuidad hasta el presente de la descentralización, así como la tradición del consenso necesaria para mantener la cohesión entre los diferentes miembros del cuerpo del Estado, da a entender por qué la incorporación a la Unión Europea tiene un efecto tan distinto en la federal Alemania que en Gran Bretaña.

La gran aceptación obtenida por “Alemania, memorias de una nación” hace evidente lo mucho que ha cambiado en los últimos 25 años la imagen que los británicos tienen de Alemania. Hasta hace poco, prácticamente formaba parte de las obligaciones 
de un embajador alemán en Londres el tener que querellarse contra la obsesión británica con Hitler, contra la insistencia en los clichés y estereotipos teutones y contra la deficiente percepción de la Alemania de la posguerra, que, según la impresión transmitida por la prensa amarilla, aún seguía estando habitada por patanes desfilando al paso de la oca con cascos de punta o de acero. “Alemania, memorias de una nación” es la culminación de un proceso que comenzó con el Mundial de Fútbol de 2006 y constituye, al mismo tiempo, un hito con miras al futuro. Hace unos pocos años hubiera sido impensable que los británicos reprocharan a los alemanes, como acaban de hacerlo en un congreso celebrado con motivo de la exposición, que no asuman su papel de líderes. O que el historiador Timothy Garton Ash atestiguase que ahora los alemanes se sienten relativamente cómodos con su identidad, al contrario que los británicos, que actualmente atraviesan una crisis de identidad. Durante la planificación de la 
exposición, ninguna empresa alemana quiso ser la patrocinadora. Ahora que Alemania está boca de todos y que el número de visitantes del Museo Británico corrobora el éxito de la serie de la BBC, seguro que más de un directivo de las filiales alemanas lamenta su falta de confianza. El editor de MacGregor ha demostrado tener mejor olfato en lo que al creciente interés por Alemania se refiere ordenando una primera edición del libro de 60.000 ejemplares. ▪