La cultura del recuerdo

Aleida Assmann, experta en estudios culturales, describe las transformaciones en la práctica de la memoria 70 años después de la Segunda Guerra Mundial.

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Las fechas de conmemoración sirven para definir y afirmar la imagen que un pueblo tiene de sí mismo. Son una pausa para reflexionar sobre la propia posición en la historia. Conmemorarse se puede con triunfalismo, pero también con arrepentimiento u otra forma de autocrítica. Pero siempre se trata de no dejar la historia atrás, sino de interrelacionarse de nueva forma con ella. El punto del presente a partir del cual recordamos juntos se desplaza constantemente en el eje del tiempo. También se transforman los requisitos y desafíos implícitos en ese acto del recuerdo. ¿Cómo ha cambiado 70 años después de la liberación de Auschwitz y el fin de la guerra nuestra visión de la historia? ¿Cuáles son los nuevos desafíos?

El desarrollo de una nueva cultura del recuerdo que socava los viejos modelos de una autoheroificación nacional basada exclusivamente en el orgullo o el sufrimiento e incluye un perfil autocrítico en la propia imagen fue un arduo proceso en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, aún no concluido. Luego de que los Aliados liberaran los campos de concentración en los primeros meses de 1945, los delitos de lesa humanidad cometidos por el Estado nacionalsocialista quedaron súbitamente a la vista de todo el mundo. El objetivo de las potencias vencedoras entonces fue castigar rápidamente a los culpables. Pero también existió un fuerte consenso político en el sentido de que, con miras al futuro, había que superar lo más rápidamente posible ese pasado. Winston Churchill dijo en 1946: “Si queremos salvar a Europa de un desastre interminable y un hundimiento definitivo, debemos refundarla con un acto de fe en la familia europea y un acto de olvido de todos los crímenes y errores del pasado”.

Esa posición facilitó la inclusión de los dos Estados alemanes en las nuevas alianzas de la Guerra Fría y no impulsó justamente el desarrollo de una cultura del recuerdo. Sabemos cuánto costó en la Alemania dividida de posguerra iniciar ese proceso: en la parte occidental se optó durante mucho tiempo por no tematizar las involucraciones en el régimen nacionalsocialista; y en la parte oriental se puso en el orden del día de la agenda política una mitificación de la resistencia heroica en el marco de la defensa de los intereses del Estado. Luego del radical corte histórico de 1945, para los seres humanos fue evidentemente mucho más fácil cambiar de actitud que cambiar de ideas. La generación de guerra se adaptó rápidamente al nuevo sistema político. Pero una transformación interior y un cambio de valores en grandes sectores de la sociedad, incluyendo también la responsabilidad por los crímenes nacionalsocialistas, no fue posible en Alemania Occidental sino con la generación del 68 y en Alemania Oriental con la caída del Muro, en 1989. El famoso discurso del presidente federal Richard von Weizsäcker, fallecido en febrero de 2015, con ocasión del 8 de mayo de 1985 (“El 8 de mayo fue un día de liberación”) es reconocido hoy como hito histórico. Confirmó el cambio de valores en Alemania Occidental como razón de Estado y colocó simultáneamente el fundamento para una nueva cultura del recuerdo. Luego del fin de la RDA, ese rumbo del recuerdo autocrítico y al mismo tiempo europeísta fue mantenido en la Alemania reunificada.

Por entonces, autoproclamados profetas hablaron prematuramente del “fin de la historia”, porque las tensiones bipolares de la Guerra Fría habían terminado. Lo que sucedía realmente en Europa era, sin embargo, una erosión de los grandes mitos históricos. Los historiadores comenzaban a investigar más detalladamente la historia de sus respectivos países durante la Segunda Guerra Mundial, llenando lagunas sobre los temas de la colaboración y los crímenes de guerra en los libros de historia, por ejemplo, franceses, austriacos, polacos y suizos. Esa recuperación de la historia reprimida conllevó también una nueva apreciación de huellas, testimonios y no por último de informes de las víctimas y los sobrevivientes del terror nazi. El previsible fin de los testimonios de testigos de época, que contribuyeron esencialmente a desarrollar la cultura alemana del recuerdo, también a través de su presencia en escuelas y memoriales, es actualmente motivo de preocupación en Alemania. ¿Cómo se modificará el recuerdo cuando haya que renunciar a esos importantes pilares de la memoria viva? ¿Qué formas de transmisión del recuerdo serán posibles cuando desaparezca su anclaje en la memoria de los testigos primarios? Desde los años 1990 se toman medidas para ese umbral histórico: ya existe un archivo de vídeos, en el que están registradas una 70.000 voces de sobrevivientes del Holocausto y otras víctimas del nacionalsocialismo. El Holocausto es el crimen de lesa humanidad mejor documentado, justamente desde la perspectiva de la experiencia personal. Pero, ¿podrá mantenerse así vivo el recuerdo?

El recuerdo no puede simplemente repe­tirse continuamente, sino que debe ser renovado una y otra vez. Los medios contribuirán en el futuro decisivamente a esa renovación de la memoria: filmes y relatos pueden poner los hechos históricos en un nuevo marco y darles una perspectiva actual accesible para las nuevas generaciones. También los nuevos medios son importantes. En 2012 y 2014 fueron abiertos en Moscú y Varsovia museos que ponen el Holocausto en una perspectiva histórica. Uno de los aspectos centrales son crecientemente los mundos de vida olvidados de los judíos de Europa Oriental, que en los nuevos museos experienciales son simulados en detalladas instalaciones interactivas. El objetivo es confrontar al visitante no solo con los judíos asesinados, sino que experimente también en forma plástica su herencia intelectual y sus ricas tradiciones.

En los medios se tematizó ampliamente que Vladímir Putin, el presidente ruso, no participó en el acto de recuerdo de la liberación del campo de exterminio de Au­schwitz por parte del Ejército Rojo el 27 de enero de 1945. Una razón de su ausencia pudo haber sido que en el acto iban a hablar solo sobrevivientes y los estadistas solo debían escuchar. A ello se agrega que el gran acto de recuerdo de Putin en relación con el fin de la guerra tiene lugar el 
9 de mayo, día en el que se lleva a cabo 
todos los años un desfile militar con una gran exhibición de armas y un homenaje a los últimos veteranos, altamente condecorados. El 27 de enero, declarado en el Foro Internacional de Estocolmo en enero del 2000 Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto y fijado en 2005 por la Unión Europea y las Naciones Unidas como día permanente de memoria, es para Putin una fecha definida por Occidente, a la que Rusia, a pesar de ser el Estado sucesor de los liberadores de entonces, no puede adherirse sin más. En su política de símbolos, la necesidad de polémica delimitación es en todo caso mucho mayor que la disposición a solidarizarse en torno a un día común del recuerdo. Putin pronunció igualmente un discurso el 27 de enero de 2015, pero en el Museo del Holocausto en Moscú, donde expuso su interpretación de la historia. Con la fórmula “antisemitismo y rusofobia” creó una alianza en cuyo marco pudo solidarizarse con el gran rabino presente como representante de los judíos y simultáneamente presentarse a su lado como víctima. Tampoco para el 8 de mayo de 2015 puede contarse con un acto común europeo de recuerdo. Mientras en Europa Occidental, la fecha, que recuerda la capitulación incondicional de la Wehrmacht y con el ello el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, es celebrado como día de la liberación, y en Moscú se realizará el 9 de mayo nuevamente un gran desfile militar, en los países de Europa Oriental ese día despierta recuerdos muy diferentes: no se sintieron liberados, sino que, por el contrario, para ellos comenzó una nueva era de ocupación y opresión. Esos países, que debieron esperar hasta 1989/1990 para celebrar el momento histórico de su liberación nacional, definen (a excepción de la desaparecida RDA) su identidad a partir de esa experiencia de opresión y cultivan en sus museos de historia el recuerdo colectivo de su carácter de víctimas.

Churchill dijo inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial que los europeos debían olvidar su pasado, a efectos de concentrar todas sus fuerzas en el nuevo proyecto europeo. Mientras que la mirada al pasado separaba y dividía, para Churchill la visión de un futuro común debía unificar nuevamente a las naciones. No se trataba de olvidar la historia, sino que fue una decisión pragmática y finalmente muy exitosa. Tuvo, no obstante, un alto precio: mientras que los vencedores y los vencidos llegaron a un arreglo, las víctimas del terror nacionalsocialista, tanto judías como otras, no fueron escuchadas durante mucho tiempo. Hoy tiene validez otro principio: para superar un pasado traumático hay que reconocerlo como tal y reorientarse a partir del recuerdo de los crímenes.

En el marco de una cultura del recuerdo autocrítica, las conmemoraciones no solo sirven para la autoafirmación nacional. También son más que una continuación de la política cotidiana con otros medios: pueden transformarse en un impulso para un reencuentro con una historia olvidada. La fecha del recuerdo 1914/2014 dio a los alemanes la oportunidad de redescubrir y relatar su propia historia nacional en un marco europeo. Tampoco cien años después está a la vista un relato común de la Primera Guerra Mundial, pero existe un marco europeo de análisis compartido de esa historia a partir de diversas perspectivas. Europea es sobre todo la disposición a conocer las perspectivas de los otros e integrarlas en la propia visión de los sucesos. A través de ese recuerdo compartido, la memoria europea es hoy más larga e inclusiva: de las cenizas de los campos de concentración surgieron los “killing fields” a orillas del Somme y los cementerios de soldados de Ypres y Verdún como otros lugares europeos centrales del recuerdo. Mientras que la historia de la Unión Europea no comienza sino después de la Segunda Guerra Mundial, la Primera Guerra Mundial trae a la memoria la intrincada historia de violencia del siglo XX como herencia europea. Esa herencia no puede ser elegida ni descartada, pero lo que antes dividió y destruyó puede ser transformado en una historia común. ▪