Las islas de las posibilidades

Cada una de las islas alemanas del Mar del Norte y el Báltico es singular… y un microcosmos

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“El tiempo!”, dicen los unos y piensan que vacaciones en una isla del Mar del Norte o del Báltico pertenecen a la categoría de “viaje de aventuras”, debido al riesgo de lluvia. “¡Pero las largas playas!, ¡el aire!, ¡la luz!, ¡el espacio!... ¡y cómo en el horizonte se tocan el agua y el cielo!”, dicen los otros y afirman que nunca cambiarían sus vacaciones a orillas del Mar del Norte o el Báltico por el Caribe. Las islas en el propio país son uno de los destinos turísticos preferidos de los alemanes. Ello es expresión de un simpático coraje, necesario para una excursión a las islas tanto como botas de goma, libros para los días de lluvia y crema solar con un factor de protección de 25. Pero la recompensa vale la pena.

Efectivamente, las islas prueban que la verdadera belleza no solo es interior, sino que también viene de afuera: del dramatismo de las formaciones de nubes o la mar embravecida que minutos después deja paso a una majestuosa calma. No hay casi nada tan increíblemente silencioso como las marismas delante de la isla de Sylt cuando se retira el agua, los paseos de Rügen o los bosques de abetos de Usedom. Por doquier las maravillas: playas interminables, la más exquisita arquitectura, las casas de techo de caña y el incisivo carácter de los isleños. Tampoco puede olvidarse el buen aire, muy sano, no solo para las vías respiratorias, sino también de alguna forma para el ánimo.

Más de 70 islas pertenecen a Alemania. El nombre más hermoso lo lleva el islote 
“Liebes” (“Amado”). Se halla en el Báltico, entre las islas de Rügen y Ummanz, está deshabitado, tiene mil metros de largo, mide 200 metros en su parte más ancha y se halla a solo 1,5 metros sobre el nivel del mar. No son justamente las medidas ideales para una isla. Más teniendo en cuenta que la competencia es muy grande. La mayor es la isla de Rügen, en el Báltico, de 926 kilómetros cuadrados de superficie, que recibe 1,3 millones de visitantes por año. Le siguen Usedom, Feh­marn y Sylt. Con sus numerosos visitantes pertenecientes al círculo de las estrellitas, estrellas y personalidades de la cultura y la política y los altos precios de sus inmuebles, Sylt está considerada la “niña mimada” de las islas alemanas. La isla de Juist, en el Mar del Norte, con el “banco de arena más hermoso del mundo”, no sirve para ver y ser visto por la sencilla razón de que los autos están prácticamente prohibidos y por lo tanto no se puede circular con el Porsche.

También en Hiddensee, la única isla de verdad del Báltico, porque es la única que solo se puede alcanzar por barco, están prohibidos los autos. En los años 1920 pasaban sus vacaciones allí grandes intelectuales como Gerhart Hauptmann y Albert Einstein, para recuperarse de la vorágine de la ciudad. Una buena idea que atrae hoy a la isla a cientos de miles cada año. Su principal fuente de ingresos es hoy el turismo. Su objetivo, que el visitante se encuentre a sí mismo y vuelva una y otra vez.

La flora y la fauna son cuidadas con ejemplar esmero. Como por ejemplo en la isla de Vilm. En tiempos de la RDA estaba reservada exclusivamente para las vacaciones del Consejo de Ministros. Hoy posee una reserva de biosfera con un singular mundo de plantas y animales, que solo puede ser visitado por 30 personas por día. Otra prueba de la certeza del dicho popular: “En un mar de dificultades hay siempre una isla de posibilidades.” En algún lugar allá afuera, en el mar antes las costas alemanas del Mar del Norte y el Mar Báltico. Allí vive también todavía una utopía: la vida podría ser siempre como allí, sin el estrés de tierra firme, en medio de la vastedad, pero con claros límites entre la tierra y el mar, de tal forma que de inmediato se siente uno en casa y en buena compañía.

No puede sorprender por lo tanto que el amor por las islas se extienda toda una vida. Desde el primer castillo en la arena hasta el último concierto de balneario en el gran 
auditorio de Westerland. En días de sol y en días de lluvia. ▪

Constanze Kleis