El aporte alemán a la Bienal de Venecia

El aporte alemán a la Bienal de Venecia: Alemania y Francia intercambian pabellones.

picture-alliance/dpa - Susanne Gaensheimer, Biennale
picture-alliance/dpa - Susanne Gaensheimer, Biennale

El desconcierto es parte del arte. Desconcertado se sentirá este verano quien entre al Pabellón Alemán en la Bienal de Venecia y se vea confrontado con el aporte francés a la muestra. Quien, por su parte, visite el Pabellón Francés, hallará una serie de posiciones artísticas seleccionadas por Susanne Gaensheimer, directora del Museum für Moderne Kunst (MMK) de Fráncfort del Meno y este año comisaria del aporte de Alemania a la Bienal por segunda vez.

El intercambio de pabellones fue tema ya anteriormente. En 2013, sin embargo, el 50 aniversario de la firma del Tratado del Elíseo, con que fue sellada la amistad germano-francesa, ofreció a los 
ministros de Relaciones Exteriores de ambos países una ocasión ideal para llevar la idea a la práctica. Gaensheimer y su colega francesa, Christine Macel, estuvieron de acuerdo, bajo la condición de que los artistas elegidos dieran su consentimiento. Estos reaccionaron encantados: al fin y al cabo, dice la directora del MMK, uno de los temas centrales de su trabajo es la disolución y superación de fronteras.

En los Giardini, el más antiguo de los terrenos de exposición de la Bienal, que tiene lugar desde 1895, atravesados por la brillante luz que se refleja la laguna, hay numerosos hermosos pabellones de países, muchos construidos en los primeros años de la, junto con la Documenta, más importante exposición internacional de arte. No obstante, la idea de ofrecer aquí un foro al más destacado artista del respectivo país, es superada hace tiempo por las realidades de un arte interconectado globalmente. Dividir el arte por países tiene un aire de anacronismo.

Un tratamiento lúdico y distendido de los pabellones nacionales no solo se corresponde hoy con las realidades del mundo del arte, sino también con la exigencia de la mayoría de los artistas de crear una estética que supere las barreras nacionales e incluso las culturales. Y de plantear cuestiones que, en tiempos de la globalización, afectan a todos. No obstante, muchos países aprovechan la Bienal para una autorrepresentación que desde hace un par de años apunta crecientemente a destacar características nacionales o para una ostentosa presencia con claras referencias a la propia grandeza.

Casi 90 pabellones nacionales están diseminados este año por toda la ciudad. “Todos quieren participar”, dice Gaensheimer, “y para muchos países es muy importante poder presentarse en un contexto internacional”. Para Gaensheimer, la idea de pabellón nacional no debe entenderse en forma estrecha. “Es necesario ver la representación nacional como un formato abierto”, agrega. Y subraya que es interesante ver cómo cada uno de los países trata ese tema, porque hoy ya no es suficiente presentar sencillamente al más importante artista de un país.

Gaensheimer no ve terminada aún la internacionalización, tampoco en la sociedad alemana. Agrega que es necesario analizar tanto las posibilidades como los riesgos que ello implica. “Alemania es un país de inmigración, la economía está orientada globalmente, ya se trate del Deutsche Bank o de un pequeño estudio arquitectónico. Gaensheimer desea mostrar ese aspecto de Alemania. Y mostrar a Alemania también como un país en el que artistas perseguidos por sus opiniones políticas, como Ai Weiwei, pueden hallar refugio. “Lo intercultural es uno de los grandes desafíos del futuro”, dice. Por ello presenta un aporte que testimonia la cooperación entre artistas de todo el mundo... y también el internacionalismo, el espíritu abierto y la orientación cosmopolita de Alemania. Gaensheimer eligió a cuatro artistas que tienen nexos con Alemania, pero de diferentes nacionalidades.

El artista chino Ai Weiwei tiene un atelier en Berlín, es profesor allí y dice que Alemania fue el país más importante para su carrera. Su participación en la Documenta 2007 fue decisiva para su éxito internacional. El francés Romuald Karmakar, que vive en Alemania y realiza documentales y largometrajes, trata en sus trabajos una y otra vez de temas alemanes. El sudafricano Santu Mofokeng, un exbecario del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), está representado con sus trabajos en la más importante colección alemana de fotografía africana, la colección de Artur Walther. La fotógrafa india Dayanita Singh realizó su primera exposición en el museo Hamburger Bahnhof, en Berlín, y coopera estrechamente con la editorial Steidl, de Gotinga. “Los cuatro analizan la ruptura de ideas de identidad”, explica Gaensheimer. Y agrega que ese es en realidad el tema de la exposición. Con ello quiere dar continuidad al aporte alemán de 2011, galardonado con el León de Oro de la Bienal de Arte. Ese año presentó al cineasta y director de teatro Christoph Schlingensief póstum como artista global.

La curadora también se alegra de haber podido salir del Pabellón Alemán, que tiene una pesada carga histórica y es difícil de manejar. Exponer en el Pabellón Francés, enfrente, es mucho más fácil, agrega: “El Pabellón Alemán es una chapuza arquitectónica rara. Los nazis lo monumentalizaron. Ahora se tiene un sala de techo muy alto con dos espacios secundarios”. Los artistas deben adaptar sus muestras a ese volumen arquitectónico o ignorarlo. “El Pabellón Francés es mucho más armónico”, agrega. Gaensheimer piensa que el Pabellón Alemán debe ser modernizado, sobre todo por sus déficits de infraestructura. No cree, sin embargo, que sea necesario demolerlo. Remodelarlo, demolerlo o simplemente ignorarlo: propuestas realizadas una y otra vez por intermediadores del arte que tuvieron que ver con el Pabellón Alemán. Muchos artistas que representaron allí a Alemania, tematizaron el propio edificio pensado por los nacionalsocialistas como arquitectura de la dominación: por ejemplo rompiendo el piso o haciendo referencia, con una arquitectura interior en estilo Bauhaus, a una tradición democrática del diseño. Lo que Anri Sala, que nació en Albania, vive en Berlín y representa a Francia, hace con el Pabellón Alemán, lo deciden solo él y la curadora francesa. Christine Macel, por su parte, tampoco interfiere en la exposición alemana en el Pabellón Francés, construido en 1912 en estilo neoclasicista.

Los pabellones seguirán luciendo los nombres “Germania” y “Francia”. La confusión de los visitantes será, sin embargo, seguramente saludable. Porque mostrará que ambos vecinos europeos, a pesar de eventuales diferencias de opinión, son capaces de intercambiar cosas. El intercambio de pabellones como símbolo de la cohesión europea: un fuerte símbolo. Y de símbolos vive el arte… y también la política. ▪