Obra maestra
diplomática

Obra maestra diplomática: el Tratado Dos más Cuatro regula en diez artículos los aspectos de política exterior y las condiciones de política de seguridad de la reunificación.

Fue algo inesperado. Nadie predijo la caída del Muro. En la Ley Fundamental de la República Federal de Alemania se llamaba desde 1949 a “consumar” la unidad y libertad del país “por libre autodeterminación”. También líderes políticos, como el canciller federal Helmut Kohl y el ministro de Relaciones Exteriores Hans-Dietrich Genscher, subrayaron en la segunda mitad de los años 1980 una y otra vez que la división de Alemania era un hecho artificial y que debía ser superada algún día. Pero tampoco ellos pensaron que podía ser realidad tan rápidamente cuando Mijaíl Gorbachov, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, vino a mediados de junio de 1989 a la República Federal de Alemania y firmó una declaración conjunta con Helmut Kohl que decía: “Debe asegurarse el derecho de todos los pueblos y Estados a determinar libremente su destino y conformar soberanamente las relaciones entre sí sobre la base del derecho internacional”. Con ello, el secretario general reaccionó a las aspiraciones de independencia de muchos pueblos en su área de poder. No pensaba, sin embargo, en una caída del muro que dividía Alemania y Berlín, ni menos en una reunificación de los dos Estados alemanes. Puede entenderse, ya que tanto la división del país como la cesión de sus territorios situados al este de los ríos Oder y Neisse a Polonia y la Unión Soviética fueron el precio que Alemania y los alemanes debieron pagar por sus políticas y sus guerras en la primera mitad del siglo XX y particularmente por la campaña de conquista, saqueo y destrucción de los años 1939 a 1945. Quien quisiera hacer más permeable el Muro o incluso superarlo debía reconocer los resultados de la Segunda Guerra Mundial… y necesitaba el consentimiento de los victoriosos aliados. El primer paso fue dado por el Gobierno de Alemania Federal entre 1970 y 1972: en tratados con la Unión Soviética, Polonia y la RDA, Bonn confirmó, entre otras cosas, el hecho de la división alemana y aceptó como frontera occidental de Polonia la línea a lo largo de los ríos Oder y Neisse.

Mientras tanto, la frontera entre la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana (RDA) se había transformado en una línea demarcatoria en la que las potencias antes aliadas contra la Alemania de Hitler estaban enfrentadas como adversarias en medio de la Guerra Fría. En vista de las armas atómicas, con su potencial de escalada, tanto la Unión Soviética por un lado, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, por otro, no tenían interés en que cambiara el statu quo en Europa Central, incluida la división de Alemania. Si bien desde mediados de los años 1950 las cuatro potencias ya no funcionaban como ocupantes, con respecto a la unificación de Alemania se reservaban igualmente la última palabra. Esa era la situación cuando los pueblos en el área de dominación soviética comenzaron a levantarse a mediados de los años 1980 contra la predominancia y la dictadura comunistas. Los habitantes de la RDA no se contaron al principio entre las fuerzas impulsoras de ese movimiento, cuyo símbolo fue el sindicato polaco Solidarność. Pero luego aprovecharon su dinámica y la debilidad del Kremlin, así como la de su propia dirigencia de Estado y Partido. A partir de la primavera de 1989 salieron a la calle, exigiendo cada vez más insistentemente el derecho a la libertad de viaje.

En la noche del 9 de noviembre de 1989, un aturullado representante del Buró Político de la RDA dijo que ese derecho regía a partir de inmediato. Los berlineses orientales salieron entonces en gran número en dirección al Muro, a comprobar si era cierto. Los desconcertados guardias fronterizos levantaron las barreras. Fue el comienzo del fin del Muro. Con ese suceso –resultado de la casualidad, el caos, la presión y la confusión– nadie había contado un par de horas antes. El canciller federal, Helmut Kohl, por ejemplo, se hallaba en Polonia. La desorientación era generalizada, tanto en Alemania como en Europa y en todo el mundo. Con seguridad solo puede decirse que en los días y semanas posteriores al hecho, prácticamente nadie pensó en una próxima reunificación. Cuando esta, por la presión de la población de la RDA, pasó pronto al orden del día, tampoco hubo quien pudiera imaginarse a qué impresionante velocidad iba a ocurrir todo: solo once meses después de la caída del Muro, los alemanes pudieron celebrar ya la reunificación de su país.

Que se llegara tan rápidamente a ese final de la historia no esperado por los alemanes y al que no aspiraban las antiguas potencias vencedoras tiene numerosas razones interrelacionadas entre sí. Entre ellas se contó sobre todo el rapidísimo proceso de disolución del imperio soviético, que no se sabía adónde iba a llevar. Con esos hechos de fondo, la ordenada unificación de Alemania se transformó de la noche a la mañana de una pesadilla en un rayo de esperanza. A ello se agregó que el presidente norteamericano George Bush dejó entrever tempranamente que favorecería bajo determinadas condiciones esa solución de la cuestión alemana. Finalmente, el canciller federal Helmut Kohl, el ministro de RR. EE. Hans-Dietrich Genscher y el Ministerio de Relaciones Exteriores aprovecharon el momento favorable y –en colaboración con las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y acompañados por la RDA– implementaron política y administrativamente la unificación.

Ya el 13 de febrero de 1990, los ministros de Relaciones Exteriores de la República Federal de Alemania, la RDA, los Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia manifestaron querer hablar pronto sobre “los aspectos exteriores del establecimiento de la unidad alemana”. El ministro de RR. EE. Hans-Dietrich Genscher llevó adelante las negociaciones por la República Federal de Alemania. El ministro de RR. EE. de la RDA fue el pastor protestante y defensor de los derechos humanos Markus Meckel, que en otoño de 1989 había refundado la Socialdemocracia del este de Alemania. En las negociaciones “Dos más Cuatro” aspiraban a que al final solo quedaran cinco de ellos, porque el sexto, la RDA, abandonaría el escenario pacíficamente y de común acuerdo. Que al final las negociaciones dieran como resultado un tratado sólido y se llegara a la unificación de Alemania se debió particularmente al pequeño círculo en que tuvieron lugar. Como los seis no hablaron sobre un Tratado de Paz, tampoco debieron ser invitados los aproximadamente 40 Estados que se encontraban en guerra con Alemania en el momento de su capitulación incondicional, en la primavera de 1945. Con eso pudieron obviarse también cuestiones potencialmente difíciles, como la exigencia de reparaciones. Desde el punto de vista de los seis, ese tema ya había sido arreglado definitivamente en los años 1950 y 1960 con una serie de acuerdos. Los seis ministros de RR. EE. solo hicieron una excepción: en su reunión de París a mediados de julio de 1990 tomó parte durante cierto tiempo su homólogo polaco Krzysztof Skubiszewski. Como prácticamente ningún otro país sufrió en los dos siglos pasados tanto como Polonia por la política y las guerras de sus vecinos, pudo presentar e imponer su exigencia de la “inviolabilidad” de la frontera germano-polaca “ahora y en el futuro”.

La reunión de París fue la tercera de en total cinco conferencias de los seis ministros de RR. EE. La primera tuvo lugar el 5 de mayo de 1990 en Bonn. Esas rondas de conversaciones fueron preparadas y repasadas en los ministerios. Allí, los directores políticos y sus equipos realizaron trabajo pesado, generalmente a puertas cerradas. Mientras tanto, el público seguía con interés, a veces con el aliento contenido, lo que sucedía a la vista de 
todos sobre el escenario de la política mundial. Eso era válido para las reuniones de los ministros de RR. EE. y naturalmente también para las conferencias de los jefes de Estado y de Gobierno. Prácticamente todos los días se llevaban a cabo reuniones a nivel de la Comunidad Europea, la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE) y la OTAN, además de las reuniones bilaterales. Importante para Alemania era superar las en parte fuertes resistencias de Gran Bretaña y Francia.

Al final solo quedó el no soviético. Al fin y al cabo, el Kremlin debía aprobar una unificación de Alemania y su integración en la OTAN justamente en un momento en que la Unión Soviética se hallaba a punto de implosionar. Por eso, la pertenencia de Alemania a la OTAN se transformó en la cuestión central. En junio comenzó a perfilarse un asentimiento de la URSS. El 14 de julio, el canciller federal Kohl voló a Moscú y desde allí junto con Gorbachov a la tierra de este último, el Cáucaso. Ya antes de la partida, el secretario general insinuó su aprobación a que toda Alemania pudiera pertenecer a la OTAN. Esa aprobación se hizo pública el 16 de julio en una conferencia de prensa conjunta en Zheleznovodsk. Gorbachov aseguró que las tropas soviéticas terminarían de retirarse en 1994. Alemania prometió la inviolabilidad de las fronteras existentes, una reducción de sus efectivos militares, una renuncia permanente a armas nucleares, biológicas y químicas y vastas ayudas económicas. Así quedó allanada la senda para las negociaciones finales de los seis ministros de RR. EE. El 12 de septiembre fue firmado el tratado en Moscú; el 1 de octubre, las cuatro potencias renunciaron en una declaración conjunta en Nueva York a sus derechos y responsabilidades en relación con Alemania, con lo cual el país recuperó su plana soberanía. Tres días más tarde se consumó la adhesión de la RDA a la República Federal. La Alemania unida y las tres potencias occidentales ratificaron rápidamente el Tratado Dos más Cuatro. En Moscú, el Soviet Supremo lo ratificó el 4 de marzo de 1991, luego de acalorados debates. El documento de ratificación fue entregado por el embajador Terejov el 15 de marzo de 1991 al ministro de Relaciones Exteriores Genscher, entrando así el tratado definitivamente en vigor. Luego de la disolución de la Unión Soviética, Rusia asumió las obligaciones de la URSS derivadas de los tratados con Alemania. Cuando, en agosto y septiembre de 1994, las últimas tropas aliadas abandonaron Berlín, la posguerra había terminado irrevocablemente.

El Tratado Dos más Cuatro no es un tratado de paz, pero asume sus funciones. Abarca “los territorios de la República Federal de Alemania, la República Democrática Alemana y toda Berlín”. Por primera vez después de 1945 comenzó a existir nuevamente un Estado completamente soberano, tanto hacia el interior como hacia el exterior y con él una hasta entonces no conocida responsabilidad internacional. Que Alemania haya cumplido con ella desde entonces en tal medida que le ha valido mucho respeto se debe también a la solidez del tratado. Pues este conforma la base tanto política como jurídica para el papel que Alemania –al que no aspiraron originalmente los alemanes– desempeña hoy en la política mundial. Un particular peso tiene el hecho de que el tratado sea aceptado sin excepción también por aquellos países que no participaron en las negociaciones. Sin ese apoyo, Alemania no podría cumplir ni con sus obligaciones en el marco de una serie de misiones de la comunidad mundial –también de naturaleza militar– ni la política exterior alemana podría negociar, junto a las cinco potencias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con poder de veto, en el conflicto nuclear con Irán ni tampoco asumir una función de intermediario líder en el conflicto ruso-ucraniano. Solo por mencionar algunos ejemplos. Ello pone de manifiesto la eficiencia de la diplomacia también en situaciones extremas, como lo es el colapso del viejo orden mundial. Y pone de manifiesto la capacidad de Alemania para aprender del pasado y asumir el papel que con la unificación le ha asignado la comunidad mundial. ▪

El PROF. DR. GREGOR SCHÖLLGEN es historiador y profesor de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad de Erlangen-Núremberg.