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Educación internacional, 
entendimiento global

El análisis de las relaciones universitarias internacionales demuestra cuánto influyen las cooperaciones educativas sobre las relaciones entre países.

06.07.2016

La educación universitaria internacional es vista tradi­cionalmente también bajo el aspecto de la diplomacia cultural. En las pasadas dos décadas se 
registraron, sin embargo, grandes transformaciones y se agregaron nuevas importantes dimensiones. Hoy, no solo los estudiantes y los docentes universitarios traspasan fronteras, sino también los programas educativos, los oferentes, los proyectos y las medidas de política universitaria.

La escena universitaria está marcada 
por la cooperación internacional. Ejemplos son proyectos de investigación y universidades binacionales, surgidas particularmente del modelo alemán de hermanamientos. Si bien es importante considerar la educación universitaria como instrumento de la diplomacia, su relevancia va más allá, pensando en áreas como la ciencia, la tecnología y la transmisión de conocimientos. En un mundo que apuesta cada vez más por el conocimiento, la justicia social y la innovación, esas áreas adquieren una mayor relevancia y tienen crecientes efectos.

También la diplomacia se ha transformado. Ha pasado de un enfoque meramente estatal –concentrado en el papel del ministerio de Relaciones Exteriores y los diplomáticos profesionales– a una mayor diferenciación. La diplomacia actual se caracteriza por la participación de numerosos actores, particularmente no estatales. Por un lado se amplió la gama de organismos gubernamentales transformados en actores decisivos en las relaciones diplomáticas. Por otro, organizaciones de la sociedad civil, empresas multinacionales y redes de 
expertos desempeñan hoy también un importante papel. Algunos de los actores que intervienen actualmente en las relaciones internacionales en el área de la educación universitaria son las universidades, los estudiantes, los docentes, las disciplinas de estudios y las fundaciones.

A lo largo de la pasada década, académicos en cargos de dirección y analistas políticos han resaltado cada vez más el aporte que la educación universitaria internacional realiza al desarrollo de los países y las economías basadas en el conocimiento. Hoy se discute también sobre la educación universitaria como “soft power”. El concepto de “soft power” fue desarrollado en 1990 por el politólogo estadounidense Joseph Nye. Por “soft power” se entiende la capacidad de ejercer influencia y perseguir intereses nacionales a través del atractivo y el poder de convicción, a diferencia del empleo de “hard power”, es decir, la aplicación de violencia por medio de operaciones militares o sanciones económicas.

En vista de la actual orientación de la educación universitaria hacia la creación de marcas, los rankings y la competencia, la idea del “soft power” adquiere un particular atractivo. Algunos ven el “soft power” como una campaña de creación de marca, con la que una sociedad utiliza la cultura y los medios para convencer a una opinión pública extranjera, particularmente a estudiantes y científicos. Otros, como una forma de neocolonialismo o imperialismo del “soft power”. En pocas palabras, el papel y la utilización de la educación universitaria como instrumento de “soft power” son interpretados de muy diversas maneras. Ya sea el objetivo obtener ventajas políticas o económicas o una buena fama, la motivación para el uso del “soft power” es en principio sin duda siempre la imposición de intereses propios y el dominio a través de la atracción.

Los ejemplos de “soft power” en la educación universitaria citados más a menudo son el programa de becas Fulbright, las actividades del British Council, las iniciativas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) y el programa Erasmus de la Unión Europea. Se trata de programas reconocidos y de larga data, bien recibidos y que realizan un enorme aporte al entendimiento internacional. Pero, ¿por qué los denominamos instrumentos de “soft power” si su función principal es el intercambio de estudiantes, docentes, cultura, ciencia, conocimientos y expertos? Sí, sin duda, los propios intereses desempeñan también un papel, pero se trata asimismo de intereses mutuos y ventajas para todos los participantes. La educación universitaria internacional no es vista en primer lugar como una competencia con ganadores y perdedores, sino que apuesta sobre todo por el intercambio y las alianzas. Además aprovecha las respectivas fortalezas de los países, la educación universitaria y las instituciones de investigaciones para hallar soluciones y lograr ventajas para todos. Y tiene en cuenta que estas pueden verse diferentes para los diversos socios.

En el mundo fuertemente interconectado e interdependiente en el que vivimos actualmente, la educación es un vehículo para el intercambio internacional de personas, conocimientos, capacidades, valores, innovación, economía, tecnología y cultura. Pero, ¿por qué se la clasifica, por medio de un “paradigma del poder”, como “soft power”? La humanidad enfrenta problemas tales como pandemias, terrorismo, Estados fallidos, miles de millones de seres humanos en la pobreza, contaminación ambiental y cambio climático. ¿Podrán valores tales como el interés propio, la competencia o la dominación solucionar esos problemas? La respuesta es “no” y se basa sobre el hecho y el “nuevo sobreentendido” de que ningún país puede ofrecer, solo, soluciones para los desafíos globales.

En las últimas dos décadas se registraron muchos debates sobre la idea de una sociedad basada en el conocimiento. Según ese paradigma posindustrial, el conocimiento es el impulso decisivo para el desarrollo sociocultural y el crecimiento económico de las sociedades. El foco puesto en el conocimiento deja claro el importante papel que el conocimiento –desde la escuela básica, pasando por la secundaria hasta la universidad– desempeña en el mundo de nuestros días.

En el mundo cambiante de la diplomacia de hoy, la educación universitaria desempeña un papel decisivo y puede realizar una gran contribución. La larga tradición de la cooperación científica y la movilidad académica es complementada con las innovaciones de la investigación y las redes políticas, los centros educativos internacionales, programas conjuntos y universidades mundiales y binacionales. Todos juntos realizan un gran aporte al fortalecimiento de las relaciones internacionales entre países y regiones a través de la generación, la difusión y el intercambio de conocimientos, en otras palabras, a través de una diplomacia científica.

Si la diplomacia significa esencialmente desarrollar y cultivar las relaciones entre países, la diplomacia científica es el aporte que la educación y el aprovechamiento de los conocimientos realiza a las relaciones y el compromiso internacionales. En ese contexto, la diplomacia científica debería ser entendida como un proceso interactivo. La diplomacia científica contribuye por un lado a las relaciones internacionales y por otro, el compromiso internacional aumenta el valor de los conocimientos y su aporte a la sociedad. Lo uno sirve a lo otro. Las ventajas mutuas y el intercambio en ambas direcciones son por ello un componente esencial de la diplomacia científica y se diferencian de los valores del “soft power” del dominio y la imposición de intereses propios. ▪

PROF. DRA. JANE KNIGHT

de la Universidad de Toronto, es 
una de las expertas en educación 
más solicitadas mundialmente.