La llamada de lo verde

La jardinería es el nuevo hobby de Alemania. Quien no tenga un pequeño jardín, puede probar con la jardinería urbana.

El creador de moda Wolfgang Joop tiene uno en Potsdam, en el que planta en exceso lechugas, calabazas, calabacines y variedades antiguas de tomate como el frambuesa de Silesia; Dieter Kosslick, director del Festival de Cine de Berlín, también cultiva tomates en su pequeño jardín 
urbano y, para adornar, flox con sus bellas y delicadas flores. Johann Lafer dice que bien podría haber sido jardinero de no haberse convertido en un 
cocinero de élite y se entrega a su segunda gran pasión con una impresionante colección de plantas de maceta. Para el escritor Wladimir Kaminer, el jugador de hockey sobre hielo Sven Felski y el actor y cómico Dieter Hallervorden, el séptimo cielo también está sembrado de plantones más que de violines. En realidad, media Alemania ha caído bajo el hechizo de los jardines y el campo experimenta un boom insospechado. Con las manos hundidas en la tierra y la espalda agachada, pero por dentro con la cabeza bien alta, orgulloso de lo que uno por sí solo ha hecho florecer.

La pasión por lo verde florece con especial esplendor en las metrópolis alemanas. Berlín no es solo la capital política, sino también la capital del “Urban Gardening” o jardinería urbana. En decenas de proyectos que reciben nombres como “Espacios verdes”, “Tomates lustrosos” o “Cultivo junto al Spree”, los urbanitas retocan sus bancales elevados o sus huertos en la azotea, donde cultivan ellos mismos lo que consumen. Crían colirrábanos, luchan contra las babosas, los gorgojos, conejos 
y pulgones, protegen las hierbas sensibles, practican la generación de Bokashi, Terra Preta y compost, y aprenden muchas cosas nuevas sobre cultivos mixtos y la rotación de cultivos, 
la cría de hongos, las abejas y la infinita generosidad de la naturaleza. “Hay muchas cosas de las que no tenía ni idea antes de empezar aquí. Para mí existía la salvia y la salvia, entre tanto conozco innumerables variedades y hasta puedo distinguirlas. Estoy muy orgullosa de ello”, afirma Katja (51), jardinera aficionada del jardín comunitario Allmende-Kontor, en el antiguo aeropuerto berlinés de Tempelhof, donde se calcula que unos 500 “cojardineros” dan rienda suelta a sus ansias de campo en 250 bancales elevados. Tan solo en Berlín se calcula que hay más de 200 proyectos de jardinería. En todo el territorio federal se cree que hay casi 500 jardines urbanos comunitarios.

A esto hay que sumar la forma originaria de la jardinería urbana en Alemania: las parcelas llamadas Schrebergarten. El nombre de estos pequeños jardines se lo deben al médico y pedagogo Daniel Gottlieb Moritz Schreber, que a mediados del siglo XIX planteó la para su tiempo revolucionaria exigencia de que hubiera parques públicos para los niños. Se fundó una asociación y, junto a los columpios, los pedagogos colocaron con los niños pequeños bancales que después vallaron. Así surgieron los Schrebergärten, la variante alemana de la dacha rusa.

Durante mucho tiempo, esta institución de autosuministro genuinamente alemana fue considerada por el urbanita como el prototipo de lo burgués debido a la estricta reglamentación de las colonias de pequeños jardines, según la Ley Federal de Pequeños Jardines, que dictamina la altura de los setos, el tamaño de la caseta y prácticamente todo lo demás, por lo que estaban en peligro de extinción. Pero, ahora, un estudio reciente del Ministerio Federal de Tráfico e Infraestructura Digital habla ya de cambio generacional. Cada vez más familias jóvenes utilizan estas superficies para cultivar fruta y verdura. El creciente entusiasmo por un terreno propio va unido también a la desconfianza frente a la industria de la alimentación, a la que desean eludir con el cultivo propio como modelo opuesto a lo prefabricado, manipulado y transformado. Pero no todo es verdura y fruta. Flores, hierbas y arbustos decoran las parcelas y alimentan, como sus útiles congéneres, las cualidades sumamente emocionales intrínsecas del jardinero.

Jakob Augstein, heredero de Spiegel, hijo de Martin Walser y como editor del semanal Der Freitag desde hace tiempo él mismo un gran publicista, escribe también sobre ellos en su magnífico libro Die Tage des Gärtners (Hanser Verlag), destacando también la dimensión filosófica, poética y educativa de la siempre hasta cierto punto indomable naturaleza. “Por mucho que se esfuerce, no podrá acelerar el proceso que tiene lugar en el jardín, no está en sus manos. La planta necesita su tiempo para crecer”. Lo que más le gusta es crear “un equilibrio entre el propio deseo de control y las circunstancias externas, las condiciones climatológicas y el carácter de las plantas y del suelo” (Cicero).

El mensaje es que así no solo crecen las hierbas y las plantas comestibles y decorativas, sino sobre todo la persona. Precisamente porque la naturaleza inculca humildad. Por lo tanto hay que hacerlo con amor, no exento de componentes eróticos. El arar la tierra, el aroma, el sabor de las primeras hojas de menta recolectadas, aunque sea de una maceta del balcón; la jardinería es la nueva forma de sexo, según la paisajista Gabriella Pape, quien ha comprado en Berlín, junto con su compañera, la antigua escuela de jardinería real, en la que ha creado un “centro de fomento de la cultura y el arte de la jardinería en Alemania” (Die Zeit). Al mismo tiempo, la jardinería se convierte de forma creciente en un instrumento sociopolítico. Como en un terreno de Eisenach-Nord, en el que, desde hace 
algún tiempo, oriundos y refugiados cultivan verdura, fruta 
y flores. De este modo, la jardinería hace crecer en Alemania sobre todo el enraizamiento, las amistades, el contacto con la rea­lidad y el sentido comunitario. Y contra esto no hay pulgón, babosa o conejo que valga, ni tan siquiera la Ley Federal de Pequeños Jardines. ▪