Una lengua, 
muchas voces

Alemania es un país de inmigración. Y para la literatura alemana esto es una fortuna.

¿Faláfel, sushi o döner? Nadie en Alemania hubiera entendido esta pregunta en 1960. Más de medio siglo después, estas palabras son familiares para muchos, las ciudades alemanas ya son hoy inimaginables sin restaurantes asiáticos, árabes o turcos. El arte culinario alemán ha adoptado lo internacional y hoy se mezcla la típica cocina casera alemana con especias del Lejano Oriente y se experimenta con sorprendentes combinaciones crossover.

Algo parecido se puede constatar en la literatura alemana contemporánea. Es evidente que en los países de habla alemana el mundo literario se ha desarrollado de forma bastante paralela a las nuevas preferencias culinarias. Hay cada vez más escritores cuya lengua materna no es el alemán que deciden narrar una perspectiva propia y nueva del mundo en alemán.

Lo único que asombra de este proceso es que haya tardado tanto hasta que se oyeran las voces de inmigrantes. Los primeros llamados “trabajadores invitados” de los países mediterráneos ya empezaron a venir en la década de los 1960 a la República Federal, más tarde llegaron inmigrantes de Europa del Este, el Oriente Medio y Lejano Oriente. Cuando por primera vez se otorgó en 1985 el Premio Adelbert von Chamisso “a excelentes escritores que escriben en alemán y cuya obra está marcada por un cambio de cultura”, se hablaba aún de “literatura de extranjeros’, más tarde de “literatura de inmigrantes”. De esa etiqueta se ha liberado la mayoría de los ganadores del premio desde que empezó el milenio. Hace mucho tiempo que estos escritores han dejado de escribir sobre la 
vida al margen de la sociedad, aunque muchas de sus historias se inspiren en ese entorno. Más bien han llegado al centro de la sociedad. Esto se nota en el gran número de premios – en 2015, Navid Kermani, hijo de padres iraníes, fue galardonado como primer alemán de “origen inmigrante” con el prestigioso Premio de la Paz de los Libreros Alemanes – pero también y sobre todo en muchos éxitos de venta.

Los nombres de ganadores del Premio Chamisso de los últimos años se asemeja a la lista de los “who’s who“ de la literatura alemana contemporánea: Zsuzsa Bánk, Sherko Fatah, 
Catalin Dorian Florescu, Asfa-Wossen Asserate, Olga Grjasnowa, Nino Haratischwili, Terézia Mora, Saša Stanišić y Feridun Zaimoglu son algunos de ellos. Sus muy diferentes obras literarias, ya sean de ficción, no ficción o poesía, no pueden llevar la etiqueta de “literatura inmigrante”, en ellos se usa de forma natural la lengua alemana para sus propios temas literarios. Sin embargo, su óptica del mundo no se puede desvincular por completo de su origen. Ilija Trojanow, ganador del Premio Chamisso 2000, señalaba en la prólogo a la antología “Döner en Walhalla, o ¿qué huellas deja el huésped que nunca ha sido invitado”?, la “inmensa variedad de fascinantes biografías”, las cuales son a su vez la base de muy interesantes textos. Con un cierto gesto polémico hacia la muchas veces aburrida literatura de los “nacionales carentes de todo”, añadía que así queda refutado el cliché de que “la literatura tiene poco o nada que ver con la biografía personal del escritor “.

De hecho, es inimaginable una novela como la de Saša Stanišić “¿Cómo el soldado repara el gramófono” (2006) sin partir de sus experiencias en la desintegrada Yugoslavia. Esta magnífica obra de Stanišić sobre el amor y la muerte en Bosnia en la década de los 1990 ya ha sido traducida a casi 30 idiomas. Su novela más reciente, sin embargo, se ubica en la región alemana de Uckermark, una señal de que un escritor de gran jerarquía no puede ser reducido a su origen. También Zsuzsa Bánk, después de su primera novela “El nadador” (2002), que se desarrolla en Hungría, eligió para el escenario de su novela 
publicada en 2011 “Los días brillantes” un pueblo del sur de Alemania. Tampoco el origen húngaro de los personajes principales desempeñan allí un papel importante. En su novela “El ruso es alguien que ama los abedules” (2012), la joven escritora de Berlín Olga Grjasnowa natural de Azerbaiyán se refiere irónicamente a los prejuicios culturales y su protagonista Mascha se burla de la palabra “origen inmigrante”. Nino Haratischwili, con su primera novela “Juja” (2010) estuvo en la “longlist” del Premio Alemán del Libro así como en la “shortlist” del premio literario “aspekte” de la segunda cadena de televisión alemana (ZDF), cuenta en su épica obra de 2014 
“La vida real”, en unas 1000 páginas, una historia familiar 
en la Georgia soviética y desarrolla un arco narrativo a través del siglo XX.

La familia es origen y destino, por eso el tratamiento literario de la historia familiar es siempre también una forma de autoafirmación, de orientación y búsqueda de identidad. Estas novelas no son en si “de migración”, no son alemanas ni americanas, son universales y cuentan historias que a todos nos tocan y afectan. 70 años después de la Guerra y 30 años después de los primeros ganadores del premio Chamisso, las letras alemanas acogen la fuerte influencia de nuevas narrativas, que dan paso al fin de las muy meritorias obras maestras alemanas que se ocupan del propio pasado (el nazismo, la 
Segunda Guerra Mundial, la división de Alemania). Muy a diferencia de lo que creen algunos puristas del lenguaje, la fuerza de una comunidad lingüística se define principalmente a través de su capacidad para adoptar lo nuevo y extraño, y de transformarlo. Esta metamorfosis infinita es un golpe de suerte para todos los que creen en el poder de la narrativa. ▪