Bienvenido al país del café

A los europeos une la pasión por una pequeña pausa en un café. La cultura de los cafés en Alemania.

Cuando en Berlín se entra un día de semana a las once de la mañana a uno de los cafés más conocidos de la ciudad, uno no puede más que sorprenderse. ¿Nadie trabaja en esta ciudad? Parece que no, en vista de que todas las mesas están ocupadas. Para salvar la honra de los berlineses vamos a suponer que la gran mayoría de los parroquianos simplemente trabajan en el café. Con seguridad que son todos periodistas, escritores o artistas, a los que la atmósfera de café inspira y que poco después corren a casa para terminar diligentemente su trabajo. Berlín es sabidamente la ciudad de los creativos, políticos, lobbyistas, estudiantes y turistas… y de los cafés, en los que se dan cita todos esos seres humanos. Y con un poco de suerte, la taza de café o capuchino es allí algo más barata que en el resto del país.

Seamos sinceros: ni Berlín, ni Hamburgo ni Múnich poseen indudablemente la cultura de los cafés de Viena, Praga, Budapest y otras ciudades marcadas durante siglos por el Imperio de los Habsburgo, pero esas y otras ciudades alemanas tienen sus perlas: en Múnich, el Stadtcafé; el Baader Café, algo alternativo, y el Tambosi, de rica tradición; en Hamburgo, el Café París, en el centro, y muchos cafés en el barrio Karoviertel, y en Berlín, el Café Einstein y el 
Café im Literaturhaus.

Hasta hace pocos años era difícil beber un buen café en Alemania. Mejor sabía el café en toda gasolinera de autopista en Italia, se burlaban los conocedores. Que el capuchino no se sirve necesariamente con crema batida, sino con espuma de leche cremosa, es una de las lecciones del descubrimiento de los “momentos italianos” en la vida, que, gracias a la irresistible marcha triunfal de las máquinas de café expreso, también pueden experimentarse ahora en los hogares. Muchos cafés ofrecen hoy sus marcas propias o venden sus propias mezclas de café tostado, como el Barcomi’s, en Berlín, y el Aroma, en Múnich. También surgen cada vez más tostadoras de café con coffeeshop integrado. Allí, en primer plano se halla el deleite de beber café para conocedores y no la atmósfera. Allí se va a disfrutar del café, no a hablar ni a leer.

En los viejos cafés, por el contrario, lo más importante no era el café, sino la atmósfera. Los “dorados años veinte” en Berlín son impensables sin la cultura de los cafés. El Romanisches Café, frente a la que hoy se llama Iglesia Memorial, y el Café Grössenwahn eran centros de reunión obligada de artistas y bohemios. Allí se daban cita escritores y periodistas de la talla de Joseph Roth, Erich Kästner y Egon Erwin Kisch, y artistas como Max Liebermann y la actriz Lotte Lenya. Y quien no tenía mucho dinero, con una taza de café (con ron) podía leer igualmente durante horas el diario gratis, quejarse sin fin, criticar a editores amarretes, calificar públicamente a lectores críticos de ciegos frente al genio y lamentarse de todas las injusticias del mundo literario habidas y por haber, que a menudo eran de naturaleza sobre todo económica. Esa forma de la vieja cultura europea del café aún existe, si bien en forma de nostálgico sedimento. Quizás se la puede experimentar todavía un poco en los cafés Greco, en Roma; Gijón, en 
Madrid; Le Procope, en París y Luitpold, en Múnich. También allí se pueden leer aún periódicos, si bien naturalmente los principales acompañantes son por lo general hoy smartphones y tabletas.

En las grandes ciudades alemanas, sobre 
todo en barrios gentrificados, donde viven jóvenes familias de buenos ingresos, se registra desde hace algún tiempo un nuevo 
fenómeno: el café infantil. Allí, madres y padres pueden beber tranquilamente su latte macchiato, mientras los pequeños desguazan sistemáticamente las instalaciones sin que nadie se queje ni los llame al orden. Esas plazas de juego interiores con café anexo, donde huele a gofres recién hechos, la comida preferida de los niños de la gran ciudad, y donde hace tanto ruido que no tiene sentido conversar, se multiplican sin cesar. Allí, y solo allí, tiene sentido el nuevo invento del mundo del café, el latte macchiato (también llamado caffè latte). Leche caliente con algo de sabor a café es en realidad una bebida para niños. ▪

Annabel Wahba

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