Dos semanas plenas de gratitud

Miles de personas acogen en Alemania a refugiados de la guerra en Ucrania. Hablamos con una de ellas.

Sabine Nietmann (l.), Svitlana Shevchenko y Anzhelika Olefirenko.
Sabine Nietmann (l.), Svitlana Shevchenko y Anzhelika Olefirenko. Rolf Oeser

Cuando la azafata Sabine Nietmann regresaba a su piso, olía a buena comida: en la olla la esperaban borsch (una sopa de la cocina ucraniana) con mucha carne, panes con manteca de cerdo y pepinillos o cebada con mantequilla y sal, comida muy típica de Ucrania. Un gesto de gratitud de sus huéspedes, que huyeron de la guerra en Ucrania. Y un pequeño choque cultural cuando Nietmann, que es vegetariana, les dice de forma amistosa y en una mezcla de inglés, francés y gestos, que, desgraciadamente, no come carne.

Nietmann alojó a principios de marzo en su piso de 80 metros cuadrados en Fráncfort del Meno a la maestra Anzhelika Olefirenko, de 50 años, y a su madre, Svitlana Shevchenko, de 71, directora ejecutiva de la Escuela Coreográfica Nacional de Kiev. Ya al comienzo de la guerra de Ucrania, Nietmann se inscribió en "Elinor", una de las muchas redes de búsqueda de alojamiento para refugiados ucranianos. Comunicó que tenía espacio para dos personas en su estudio con un sofá cama. Apenas se registró, recibió una solicitud de un conocido: la madre y la abuela de Daria Olefirenko, profesora de ballet que vive en Alemania, venían de Kiev y necesitaban urgentemente un lugar para dormir, en el pequeño piso de Daria no había espacio suficiente.

Una gran sensación de impotencia.

Sabine Nietmann

La joven de 34 años dijo inmediatamente que sí. “Tuve claro desde el comienzo de la guerra que quería ayudar”. Primero donó dinero e hizo donaciones en especie. “Se experimenta una gran sensación de impotencia frente al televisor, viendo terribles imágenes de la guerra y de los refugiados”. Tras su azarosa huida de cinco días desde Kiev, las dos mujeres pasaron la primera noche en el miniapartamento de Daria. A la tarde se trasladaron al piso de Sabine Nietmann. La azafata debía volar al día siguiente a Sudáfrica por cinco días, de modo que al principio tuvieron el piso para ellas solas. Nietmann rápidamente les proporcionó acceso a internet, porque era lo más importante para las refugiadas en ese momento: mantenerse en contacto con su casa, sus amigos y su familia. El marido de Anzhelika, de 56 años, se quedó en el oeste de Ucrania. Quiere apoyar a su país como ingeniero con experiencia en el ejército. “Sólo esperamos que sobreviva”, dicen las mujeres mientras beben un café en Fráncfort y hablan, con lágrimas en los ojos.

“A menudo solo nos abrazamos”, dice Sabine Nietmann.
“A menudo solo nos abrazamos”, dice Sabine Nietmann. Rolf Oeser

“Sabine nos dio un hombro para apoyarnos en estos difíciles momentos”, traduce Daria Olefirenko, la profesora de ballet. Siguió la huida de su madre y de su abuela a través de su teléfono móvil, les dio consejos que encontró en internet, encontró conocidos de conocidos en las redes sociales que ayudaron con un viaje en coche, un lugar donde pasar la noche. Enfermó por el miedo y la tensión, no pudiendo trabajar algún tiempo debido a la pena. “Simplemente no podía respirar más”, explica la bailarina y coreógrafa profesional, que ya ha bailado con el Ballet Nacional de Lituania y realizado coreografías para el Teatro Bolshoi de Moscú. Vino a Alemania hace dos años porque su novio vive aquí.

Lo principal es no oír más disparos.

Anzhelika Olefirenko

Sabine Nietmann también ayuda a las refugiadas a realizar trámites. “Los funcionarios que nos han atendido hasta ahora fueron serviciales y corteses, muy diferente a lo que puede experimentarse normalmente. Una funcionaria incluso le agradeció personalmente que se ocupara de las refugiadas. “Por muy mala que sea la situación, la humanidad que aparece por todas partes es hermosa”, dice Nietmann. No tiene que hablar mucho con sus invitadas, “a menudo nos abrazamos y lloramos". Porque dos veces al día ven juntas las noticias, que traen imágenes de muerte y destrucción. “Al principio pregunté si debía encender el televisor, pero quieren saberlo todo”. El piso de Nietmann está en una calle principal con mucho ruido de coches y tranvías. ¿Necesitan tapones para los oídos y un antifaz para dormir? les preguntó la azafata al principio. “Lo principal es no oír más disparos”, fue la angustiante respuesta.

Un agradecimiento y una advertencia: los colores de Ucrania.
Un agradecimiento y una advertencia: los colores de Ucrania. Rolf Oeser

El relato de la difícil huida sigue conmoviendo a las dos mujeres: primero en coche, con numerosos embotellamientos de tránsito en las calles de la ciudad, y luego doce horas esperando un tren para salir de Kiev, que partió finalmente completamente abarrotado. En coche, en autobús y con la ayuda de voluntarios que las llevaron a través de Polonia en un coche privado hasta la República Checa, llegaron finalmente a Praga, luego a Dresde y desde allí a Fráncfort. Todavía no pueden dormir. Pero la gran voluntad de ayuda de los alemanes las reconforta y les da fuerzas.

Una de las alumnas de danza de Daria les dijo que una conocida tenía un piso vacío y amueblado. Y que estaba dispuesta a reducir el alquiler para que fuera asequible. Ahora, las refugiadas apenas pueden creer su suerte. Permanentemente reciben ofertas de vajilla y cubertería, ropa de cama y ropa. De Kiev solo trajeron una muda de ropa día y sus documentos. Durante el camino y en Fráncfort, la amabilidad y la ayuda fueron abrumadoras, dicen. Y ambas repiten lo agradecidas que están. La solidaridad entre las personas es lo que realmente cuenta en catástrofes como la guerra, dice Daria.

Daria Olefirenko visita a su abuela y su madre en el piso de Sabine Nietmann.
Daria Olefirenko visita a su abuela y su madre en el piso de Sabine Nietmann.
Rolf Oeser

Unos tres millones de personas han huido de Ucrania y cada día son más. A Alemania llegaron alrededor de 150.000 hasta mediados de marzo. Quienes no tienen la suerte de poder alojarse en casa de parientes, amigos o particulares que ofrecen ayuda, encuentran refugio en gimnasios de escuelas y otras salas que los municipios y los distritos han habilitado rápidamente, poniendo a disposición catres, mantas y suministros de ayuda de la población. También redes privadas ofrecen ayuda. Después de que las dos mujeres se muden a su propio piso, Sabine Nietmann quiere hacer una pausa de quince días. Para después acoger a nuevos refugiados.

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