El país de las rocas

El mágico y primigenio paisaje de Elbsandsteingebirge fascina a los visitantes.

subtik_E+ - Elbe Sandstone Mountains

A media hora de viaje en auto desde Dresde surge oblicuamente a la izquierda de la Ruta Federal 172 la primera meseta, que se ve como si a una montaña le hubieran cortado la punta. Es un mojón en el paisaje. La ruta baja luego en meandros hasta el 
valle del Elba. Desde el costado, el bosque se aproxima cada vez más desde laderas empinadas. Hemos llegado a destino: la Suiza Sajona-Bohemia o Elbsandsteingebirge, en el este de Alemania, poco antes de la frontera con la República Checa. Ambos nombres se refieren al mismo paisaje, pero apelan a diferentes percepciones. Sobrio y grave se oye el término Elbsandsteingebirge. Literalmente se ve cómo los pesados bloques de piedra eran llevados antes en carro –hoy en camiones– a la cercana Dresde, capital del land, donde contribuyeron a darle prestancia a la ciudad. En ese nombre, la cadena montañosa es reducida a su principal componente, la piedra arenisca. El nombre 
“Suiza Sajona”, por el contrario, describe otra forma de ver el paisaje, un estado de ánimo. Se dice que esa denominación se remonta a dos pintores paisajísticos suizos, que encontraron en la región tantos rincones y motivos pintorescos como antes habían visto solo en su tierra.

Geológicamente, los comienzos de este paisaje se remontan a tiempos muy remotos. Hace millones de años, en el Período Cretácico, la zona se hallaba bajo agua. Sus huellas pueden verse hasta hoy. La posterior erosión lavó las rocas y dejó enhiestas extrañas formas. Las columnas de piedra, llamadas también agujas, marcan hoy la imagen de la 
región. Las formas cambian bajo el influjo de luz y sombras, vientos y estados del tiempo, haciendo surgir en la cabeza del visitante constantemente nuevas imágenes. En una guía turística se habla de “Cuentos de hadas en piedra”, haciendo referencia a los misteriosos lugares que dieron origen a numerosas leyendas. Por ejemplo el paraje conocido como Uttewalder Felsentor. Se dice que allí el diablo hizo caer una roca sobre un hombre piadoso. Dos ángeles juntaron entonces rápidamente dos paredes de piedra, que la detuvieron. La roca aún está allí y recuerda al caminante la buena obra de los ángeles. La 
Suiza Sajona desborda de historias e interpretaciones de la vida labradas en piedra.

La naturaleza atrae a los seres humanos a la Suiza Sajona desde hace 200 años, desde el Romanticismo. Los primeros fueron estudiantes de la Academia de Arte de Dresde, que vinieron en busca de motivos para sus cuadros. Su camino, el Sendero de los Pintores, ha sido reconstruido y transformado en un atractivo itinerario de 112 kilómetros de largo. El camino lleva al visitante a través del paisaje de la mano de cuadros del Romanticismo, como “El caminante sobre el mar de nubes”, de Caspar David Friedrich. El observador se transforma en parte de la obra de arte.

El camino es la meta y en algunas etapas se transforma en un desafío. Los pies son el medio de transporte ideal. En total hay 1200 kilómetros de senderos marcados. Sobre todo a la derecha del Elba, donde el Parque Nacional Suiza Sajona pasa, a través de una frontera casi invisible, a llamarse Suiza Bohemia, numerosos caminos llevan hacia y a través de la naturaleza, que se aproxima allí a su carácter de bosque primigenio. Vastas partes se han dejado en estado natural; en otras, el ser humano ayuda a la naturaleza, derribando árboles que no pertenecen al paisaje. A esas zonas ha retornado también la fauna original, por ejemplo el halcón peregrino y el salmón. También el lince se ha vuelto a asentar y biólogos han visto incluso ya lobos en los bordes del Elbsand­steingebirge.

Huellas ha dejado, sin embargo, sobre todo el ser humano en su larga historia de asentamientos en la región. Imponente y en su tiempo inexpugnable: la fortaleza de Königstein, sobre el Elba, cerca del mirador Bastei. Hoy atraen ambos a numerosos turistas. Testigos mudos, las iglesias, documentan mil años de historia. Cuanto más profundamente se sumerge el visitante en el paisaje, más descubre de él. Cada lugar tiene su propio programa, sus propias atracciones, por ejemplo representaciones teatrales sobre el escenario de piedra de Rathen o el parque de atracciones Erlebniswelt Elbsandstein. Los amantes de los ferrocarriles encuentran varias vías de trocha angosta, por las que circulan trenes tirados por locomotoras de vapor. Y al valle de Kirnitzschtal lleva incluso un tranvía. Hacer una lista completa reduciría la alegría de descubrir. No obstante, algo más es necesario mencionar: la escalada. Las rocas de la Suiza Sajona parecen llamar mágicamente a ser escaladas. Los niños lo hacen, para disgusto de los padres, en las piedras de abajo; los jóvenes se animan a ascender a más aireadas alturas.

La escalada fue inventada en la Suiza Sajona, se dice. Seguramente no es cierto. Lo que sí es verdad es que hace 100 años fueron definidas aquí las reglas de esa disciplina, válidas hasta hoy para la escalada libre: material técnico solo está autorizado para asegurarse, pero escalar se puede solo con las manos y los pies. No está autorizado escalar todas las columnas de piedras, pero a 1100 cimas, puestas a disposición para practicar el deporte, llevan 21.000 sendas de escalada. Son muchas posibilidades. No obstante, en algunas de las rutas se producen a veces atascos.

La Suiza Sajona-Bohemia no es grande. Su núcleo, definido como Parque Nacional, abarca unos 160 kilómetros cuadrados. 
Todo el Elbsandsteingebirge tiene una superficie de 700 kilómetros cuadrados. Desde Dresde, y con ello desde toda Sajonia, se llega rápida y fácilmente: con el auto, el tren o el barco… o en bicicleta. Al final, cada uno encuentra su lugar. ▪