Do it yourself 
4.0

Gracias a la tecnología digital se puede desarrollar y producir cualquier objeto individualmente. Bienvenidos al “Fab Lab”, la sala de estar del “movimiento de los makers” en Berlín

La familia Bötzow logró casi todo lo que podían lograr industriales alemanes a fines del siglo XIX: la mayor fábrica de cerveza del norte de Alemania, proveedor de la Corte del rey de Prusia y una cervecería con mesas para miles de clientes. Pero incluso las empresas más exitosas pueden quedar obsoletas. Tras menos de 65 años, la fábrica cerró en 1949. Desde entonces, el terreno en la antigua Berlín Oriental, durmió un largo sueño.

Si Sami, un chico de 14 años de edad, se distrajera de su trabajo y mirara por la ventana el terreno de la antigua cervecería, podría ver restos de la estructura y la maleza crecida. Pero Sami no se distrae, está centrado en su proyecto: la remodelación de su vieja impresora 3D. Para las nuevas piezas necesita justamente otra impresora 3D. Es algo que él puede encontrar aquí en Fab Lab, un taller para hábiles técnicos.

El edificio de baja altura en el barrio de Prenz­lauer Berg es probablemente mucho más grande y mejor equipado que el primer garaje de Bill ­Gates. Pero el espíritu aquí es tal vez similar: repartidos en grupos se ven jóvenes delante de pantallas y equipos. Desde los techos sin revestimiento salen cables conectados a coloridos ­cubos de plástico con enchufes eléctricos que cuelgan de las mesas. Una invitación a encender el ordenador portátil y empezar a trabajar.

Aquellos que quieren trabajar aquí deben respetar los “Diez Mandamientos” de Fab Lab, que se pueden apreciar sobre la pared cerca de la entrada. La primera regla es: Sé amable y sonríe. La segunda: Comparte tus conocimientos. “Quienes vienen aquí son personas con ciertos ideales,” cuenta Daniel Heltzel, uno de los gerentes del Lab. Uno es la creencia en la “open source”, en la difusión de códigos de programación, y en que las invenciones siempre se deben seguir ­desarrollando y mejorando. Es algo que suena simple pero constituye quizás la base de ideas ­revolucionarias. Porque la cuarta revolución industrial no tiene lugar solo en fábricas. Industria 4.0 significa también que hoy cualquiera puede diseñar y fabricar productos. “Makers” son llamadas estas personas, quienes ven en esto casi una forma de vida.

El término fue acuñado por el pionero de Internet de EE.UU. Chris Anderson. En su libro “Makers”, de 2012, describe la importancia social y económica de la digitalización. “Internet democratiza los recursos destinados a la innovación y la producción. Cualquier persona con una idea y un ordenador portátil puede sentar las bases de una empresa que cambie el mundo”. Lo que primero se piensa aquí es en empresas digitales ­como Facebook. Pero eso es una visión restringida, escribe Anderson: “Por más grande que sea hoy el sector de la información, sigue teniendo solo un papel secundario en la economía global.” Apenas nos podemos imaginar, según el autor, lo que generaría un desarrollo similar en el mundo real de las cosas.

Estos avances ya se perciben desde hace tiempo, por ejemplo en el Fab Lab. Cuando Sami pone en funcionamiento su impresora 3D de alto rendimiento, se podría definir solo como mero “ingenio juvenil”. Pero aquí se iniciaron también verdaderas historias de éxito económico, como la de Soundbrenner. La empresa vende un metrónomo portátil. Tiene la apariencia de un reloj pulsera y permite al usuario sentir el compás por medio de vibraciones. Músicos de estrellas como Rihanna ya han probado el instrumento, inversores han puesto a disposición de los jóvenes emprendedores unos 500.000 dólares y ya se ha abierto una segunda sede en Hong Kong. En Fab Lab, donde la historia empezó, Soundbrenner tiene también un domicilio fijo. Situado al lado del lab y conectado por una puerta de cristal está el denominado Coworking Space. Cuando un proyecto se profesionaliza, es posible alquilar allí lugares de trabajo.

A primera vista, el Coworking Space parece una caótica oficina de espacio abierto. Pero es mucho más, resalta Dorota Orlof. La diseñadora e ilustradora polaca vive en Berlín desde hace tres años. Ha trabajado en muchos espacios de coworking, pero nunca encontró lo que buscaba: impulsos creativos y espacio para el intercambio. Fab Lab ofrece todo eso. “Este lugar tiene energía”. Ahora está Orlof junto a un joven que acaba de cortar con láser un patrón filigrana sobre un pedazo de cartón. Quiere usarlo como plantilla, pero ¿con qué tipo de pintura se puede llegar a los finos rincones? Dorota da consejos y otros se unen al grupo para estudiar el tema.

Además de usuarios, también el personal de Fab Lab ayuda en caso de consultas. Cursos introductorios periódicos se ofrecen a nuevos visitantes, cada viernes es “Open Lab Day”. Quién quiere venir más a menudo tiene que hacerse miembro. Ya por diez euros al mes se ofrece tarifa plana para impresora 3D, y por 150 euros al mes, en calidad de miembro Premium, en el otro extremo de la escala de precios, es posible acceder al taller de electrónica, de textil y de madera, al cortador láser y a fresadoras de control digital. Un paraíso para makers.

Pero solo con las cuotas de los miembros no es posible cubrir los costos. Por eso, un grupo de ingenieros y diseñadores de productos del Lab ofrece servicios de consultoría para empresas, cuyos ingresos se destinan a la financiación. Además existe una alianza estratégica con Ottobock. La empresa de tecnología médica también es el dueño del Fab Lab, su jefe ha comprado el terreno de la fábrica de cerveza y desea renovarlo.

En Fab Lab hay mucha actividad. Para muchos es como una especie de sala de estar de la familia de los makers, todos vienen a conversar, a relajarse o a encontrarse con otros. En la cocina abierta hay sofás y una nevera con bebidas, junto a una lata de donaciones. Club Mate es lo mejor: este refresco con cafeína es considerado la bebida preferida de makers y hackers. Hacia la tarde la cerveza reemplaza cada vez el refresco, y se oye música de fondo.

Morten Modin está aún trabajando. El escultor echa una mirada crítica a una impresora 3D, en la que, capa por capa, se crea un objeto dentado transparente. Es parte de una obra de arte que Modin ha creado para un parque de esculturas en su país, Dinamarca. Seis semanas demorará la impresión de todas las piezas para la obra de dos metros de ancho y más de un metro de altura. Se compone de un material que se degrada con el tiempo. A Modin le gusta la idea de que su primera obra diseñada digitalmente esté en el medio de la naturaleza y simplemente desaparezca después de 10 a 15 años. Hasta entonces, en “Fab Lab” se estará trabajando probablemente en tecnologías completamente nuevas. ▪