Ir al contenido principal

“Aquí plantamos agua”

Dos lugares de Alemania, dos universos climáticos: polvo sobre los campos de Brandeburgo, viento en una pequeña isla frente a las costas de Schleswig-Holstein. La gente cuenta cómo el tiempo influye en su vida cotidiana.

Clara KrugClara Krug, 16.03.2026
Benedikt Bösel, agricultor
Benedikt Bösel, agricultor © Gut&Bösel

Benedikt Bösel, agricultor de la granja ecológica Gut&Bösel en Brandeburgo

“Cuando conduzco por los caminos rurales hacia mis campos, el coche suele dejar una gran nube de polvo tras de sí. El polvo lo cubre todo: las ventanillas, el coche, incluso la piel. Esto ocurre sobre todo en primavera y verano, cuando no llueve durante varios días. Los suelos de Brandeburgo son muy arenosos. Antes el tiempo era más predecible, pero hoy en día cambia más rápido debido al cambio climático. Las variaciones son más pronunciadas y eso repercute directamente en nuestros campos.

Acabamos de tener un invierno inusualmente largo. Dos meses y medio de heladas, en algunos casos con temperaturas de menos 15 grados por la noche. Y luego, de repente, todo cambió muy deprisa: en unos pocos días empezó a hacer calor, con temperaturas diurnas de 10 o 15 grados. Pero por la noche vuelven las heladas. Esto es difícil para las plantas. Empiezan a crecer, nacen brotes y, de repente, vuelve a hacer frío.

Cultivamos alrededor de 3000 hectáreas de tierra, de las cuales 1000 son superficie agrícola y 2000 bosques. Si ahora no llueve, puede producirse rápidamente una sequía. Por eso, intentamos sobre todo hacer que el suelo sea resistente. Para ello apostamos por las vacas y los árboles. Cuanto más humus hay en el suelo, mejor puede almacenar el agua. Ya no aramos, sino que intentamos que en los campos crezcan siempre plantas que luego sirvan de pasto para las vacas. También plantamos hileras de árboles en los campos, porque frenan el viento y ayudan a mantener la humedad del suelo. Por eso aquí decimos que plantamos agua.

En cualquier caso, al final todo depende de la lluvia. Cuando estoy acostado en la cama por la noche y oigo cómo caen las gotas sobre el tejado... es uno de los sonidos más bonitos que existen”.

Michael Klisch
Michael Klisch, alcalde de la pequeña isla de Hooge, frente a las costas de Schleswig-Holstein, y guía de las marismas © privat

Michael Klisch, alcalde de la pequeña isla de Hooge, en el mar del Norte, y guía de las marismas

“Aquí el tiempo lo determina todo. Cuando enciendo el ordenador por la mañana, lo primero que hago es consultar el parte meteorológico. No de pasada, sino prestando atención a todo: la dirección del viento, el nivel del agua, el radar de lluvia. De ello depende cómo será mi día, como alcalde y como guía de las marismas.

Ahora mismo todo está mojado. Desde principios de enero y hasta hace solo unos días, una capa de nieve cubría toda la isla, algo realmente excepcional. Durante semanas, todo estuvo blanco, los sonidos amortiguados, como si la isla estuviera bajo una campana. Ahora se está derritiendo, aunque el suelo aún está helado, y los prados y las calles están llenos de charcos de agua. Esta noche ha llovido mucho.

Lo típico de Hooge es el viento. Aquí el viento no es un fenómeno, es la norma. En invierno, la temperatura suele estar solo unos pocos grados por encima de cero. El viento húmedo y frío saca el calor de las casas... y de uno mismo.

Como guía, cada día tengo que decidir si puedo llevar a los visitantes a las marismas. La lluvia no es un problema si se lleva ropa adecuada. Pero no hay ropa que proteja de las tormentas, así que tenemos que cancelar las excursiones. A esto se suma el cambio climático: cuando sube el nivel del mar, las marejadas son más altas y, en Hooge, esto aumenta el riesgo de que la tierra quede inundada con mayor frecuencia y durante más tiempo. A esto lo llamamos “Landunter” (inundación de la tierra).

Y luego está el ferry, fundamental para nosotros. Si quiero ir al médico o a un curso de formación en tierra firme, el viento y las mareas deciden si puedo hacerlo. A veces, el horario del ferry cambia, otras veces, ni sale. En esos casos, pierdo conexiones y tengo que aplazar citas. Pero incluso eso tiene algo bueno. Cuando todo se detiene, uno visita espontáneamente a los vecinos para tomar una taza de té. Aquí, la última palabra siempre la tiene el tiempo”.