La mayoría de las veces, extremadamente amables
En realidad, los alemanes son muy amables. Se implican en labores de voluntariado, mantienen la puerta abierta a los demás y saludan incluso a desconocidos, sobre todo con un entusiasmo especial cuando salen a caminar, como si acabaran de cruzar juntos los Alpes.
Si le preguntas a un alemán cómo llegar, conviene contar con algo de tiempo: te dará una explicación minuciosa y llena de alternativas. Y, claro, la puntualidad y la fiabilidad son, para los alemanes, una forma de mostrar respeto y educación: suelen presentarse, como muy tarde, a las 17:55 si la cita era a las 18:00. La pega: esperan lo mismo de ti. ¿Y si la persona con la que has quedado no aparece? Entonces prepárate: “¡Ya no se puede fiar uno de nadie!”
Cuando la amabilidad deriva en enfado
Como todos saben, en Alemania muchas cosas funcionan bastante bien. Y cuando no es así, los alemanes suelen ver… digamos: potencial de mejora. Como ocurre, por ejemplo, con el tiempo. En realidad, siempre podría ser mejor. Hasta con un sol espléndido: hace demasiado calor, demasiado bochorno, demasiada humedad, demasiado seco, hay que usar crema solar y, en fin, ¡el cambio climático!
Si el domingo o a la hora de comer te molestan la radio o el cortacésped del vecino, recordar los horarios de descanso no es más que cuidar la buena convivencia. O si de repente te encuentras un coche que no es tuyo ocupando tu plaza de aparcamiento: avisar a la grúa no es si no un acto de civismo.
Quejarse en compañía resulta especialmente fácil y genera una fuerte sensación de complicidad. Cuando, por ejemplo, la megafonía anuncia que el tren vuelve a llegar con retraso, se extiende un suspiro generalizado: “¡Como siempre!” Entonces, la queja se convierte en un ritual compartido.
Quejarse por una buena causa
Cuando los alemanes, que en realidad son bastante amables, se enfadan, no lo hacen con mala intención. Al contrario: solo buscan que todo funcione un poco mejor – una pequeña aportación al bien común.