Carnaval: el estado de excepción organizado
Circula el estereotipo de que los alemanes no destacan precisamente por su sentido del humor. Se dice que, incluso en una conversación distendida, el alemán primero comprueba si la “diversión” está oficialmente permitida antes de atreverse con una broma. El humor alemán, siguiendo este tópico, funcionaría con horario restringido, como una oficina pública que solo abre un par de horas al día. El carnaval, sin embargo, es la fase oficialmente autorizada del estado de excepción. La llamada “quinta estación del año” arranca en Alemania –faltaría más– a una hora exacta: el 11/11 a las 11:11 en punto.
Después del arranque eufórico, se impone una larga tregua: la calma antes de la tormenta. Tras bambalinas, la maquinaria no se detiene: se ensaya y se afina cada detalle con entusiasmo. A partir de enero arrancan las sesiones de carnaval, marcadas por el desenfreno y el buen humor: mucho brillo, disfraces de lo más (o de lo menos) originales, canciones pegadizas para cantar y balancearse al unísono, bailes de gala y –sí, aunque cueste creerlo– humor. Para ello están las célebres Büttenreden, monólogos satíricos que mezclan cabaré, rimas forzadas y el inevitable uso del dialecto. Cada chiste va acompañado de un redoble de tambor, para que hasta el más despistado se entere. El pueblo carnavalero expresa su entusiasmo desatado con códigos estrictos y muy regionales como “Helau”, “Alaaf” o “Narri-Narro”.
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Abrir declaración de consentimientoHacia mediados de febrero, el carnaval alcanza su punto álgido con los llamados “días de desenfreno”. En el jueves lardero, justo antes del lunes de carnaval, las mujeres toman simbólicamente el poder y les cortan la corbata a los hombres, aunque cada vez cuesta más encontrar una. Además, los carnavaleros asaltan el ayuntamiento y el alcalde, en señal de rendición, les entrega la llave de la ciudad.
En muchas regiones, el lunes de carnaval marca el punto álgido del desenfreno organizado: desfiles multitudinarios, lluvia de confeti y carrozas con gigantes de cartón que parodian la política con tal descaro que hasta los autócratas entienden la broma. O al menos, casi siempre. Rusia, sin embargo, ha denunciado al diseñador de carrozas de Düsseldorf, Jacques Tilly, por sus representaciones satíricas de Vladímir Putin.
Después llega el Miércoles de Ceniza – y todo llega a su fin. El humor se guarda, como es debido, hasta la próxima temporada de carnaval. La buena noticia: los alemanes no son, en esencia, un pueblo sin sentido del humor. Lo que ocurre es que conciben el humor como una destreza cultural de precisión, con horarios estrictamente establecidos.