Entre la fastuosidad y el parlamentarismo
En la isla de Herreninsel en el lago Chiem, pueden apreciarse, entre otros paisajes, un palacio de cuento de la realeza y el espacio en el que se originó la Ley Fundamental de Alemania.
La intención era encontrar un lugar aislado que permitiera trabajar sin molestias y con concentración. ¿Qué mejor que una isla? En agosto de 1948, alrededor de 30 hombres se reunieron para elaborar un borrador de lo que posteriormente sería la Ley Fundamental alemana en la isla de Herreninsel, una de las tres islas en el lago Chiem en Baviera.
El “Palacio Antiguo” en el que se reunió la Convención constitucional, antes era un monasterio, uno de los más antiguos de Baviera, donde habían vivido monjes desde el siglo VIII. A principios del siglo XIX, el príncipe elector del momento cerró el monasterio y el edificio pasó a manos del Estado.
En el año 1873, Luis II de Baviera compró la isla con la intención de crear allí un nuevo Versalles debido a su fascinación por el “Rey Sol” de Francia, Luis XIV. Así, encargó la construcción del “Nuevo Palacio”, aunque nunca llegó a terminarse por completo.
Los miembros de la Convención Constitucional se reunieron en el Palacio Antiguo dentro de un salón sumamente modesto con paneles de madera. En la actualidad, ese espacio es parte de un “Museo Constitucional” que recibe anualmente a unas 60 000 personas.
La Convención estaba compuesta por delegados de los once estados federados de las tres zonas de ocupación de Alemania Occidental, así como por expertos en finanzas y temas constitucionales. Los debates se llevaron a cabo a toda hora durante 13 días y sentaron las bases para el trabajo del Consejo Parlamentario en Bonn que elaboró una propuesta para la Ley Fundamental. En el posterior borrador, se incluyeron amplios pasajes de lo debatido por la Convención Constitucional, incluso, el artículo 1 sobre la inviolabilidad de la dignidad humana. La Ley Fundamental se adoptó el 23 de mayo de 1949.
Hoy día, la isla de Herreninsel es un popular destino turístico, donde pueden observarse dos facetas completamente distintas de la historia alemana: por un lado, el Nuevo Palacio, sinónimo de la pretenciosidad de la realeza y de sueños ambiciosos truncos, por el otro, el Palacio Antiguo, donde se trabajó con seriedad y pragmatismo en la democracia.