¿Por qué se conoce a Alemania como el país de los poetas y pensadores?
De Kant a Goethe, pasando por Beethoven: Alemania ha dado al mundo numerosos artistas y filósofos que siguen dejando huella hasta hoy. ¿A qué se debe?
“País de poetas y pensadores” es una descripción y autodefinición de Alemania que surgió a finales del siglo XVIII y que en el XIX acabó popularizándose. Su influencia perdura hasta nuestros días. La idea de Alemania como nación cultural sigue siendo clave para su identidad. Pocos países destinan tantos recursos públicos a la cultura. Pero no se trata solo de voluntad política. La cultura —y con ella también el “pensar y crear”— forma parte de la identidad alemana. Pero ¿de dónde viene esta tradición?
¿Por qué acabaron los poetas y pensadores convirtiéndose en símbolos de Alemania?
Hasta la fundación del Imperio en 1871, Alemania no existía como unidad política. Cientos de principados, obispados y pequeños Estados compartían una misma lengua, pero carecían de una capital y un gobierno comunes. Francia tenía París; Inglaterra, Londres. Alemania tenía Berlín, Dresde, Fráncfort, Leipzig, Múnich, Königsberg y Weimar. Y contaba con sus escritores y filósofos. La traducción de la Biblia de Martín Lutero (1483-1546) contribuyó en el siglo XVI a establecer una lengua escrita común más allá de los distintos dialectos. En el siglo XVIII y comienzos del XIX, la literatura y la filosofía alemanas vivieron una época de esplendor. Los intelectuales ya eran referentes antes incluso de que existiera Alemania como nación.
Ideas que cambiaron el mundo
Immanuel Kant (1724-1804) planteó preguntas que marcaron un antes y un después en la filosofía occidental: ¿Qué podemos saber? ¿Qué debemos hacer? Su “imperativo categórico” defiende que solo debemos actuar según principios que puedan aplicarse a todos. Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) encarnó los ideales de la razón, la tolerancia religiosa y la Ilustración.
Hacia 1800, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y Friedrich Schiller (1759-1805) se convirtieron en las grandes figuras del Clasicismo de Weimar. En su “Fausto”, Goethe convirtió la sed de conocimiento en uno de los grandes motores del ser humano, mientras que Schiller hizo de la literatura una expresión de los ideales de libertad política y personal. Annette von Droste-Hülshoff (1797-1848) aunó una atenta observación de la naturaleza con la crítica social, mientras que Karoline von Günderrode (1780-1806) escribió, siguiendo la tradición romántica, sobre la libertad y la autodeterminación. Bettina von Arnim (1785-1859) hizo de la literatura una plataforma para abordar cuestiones sociales y políticas. El salón berlinés de la escritora judía Rahel Varnhagen (1771-1833) reunía a personas de distintos orígenes en torno a la literatura, la filosofía y el teatro.
Heinrich von Kleist (1777-1811), Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) y Arthur Schopenhauer (1788-1860) exploraron grandes cuestiones como el poder, la historia, la libertad y la voluntad humana. A partir de la década de 1840, Karl Marx (1818-1883) situó en el centro el conflicto entre las clases sociales; su crítica del capitalismo sigue teniendo repercusión en todo el mundo.
En la segunda mitad del siglo XIX, Friedrich Nietzsche (1844-1900) cuestionó la moral y la religión tradicionales. Helene Lange y Hedwig Dohm lucharon por la educación y los derechos de las mujeres. Con su novela “¡Abajo las armas!”, Bertha von Suttner (1843-1914) se convirtió en una de las grandes voces del movimiento pacifista y en 1905 fue la primera mujer galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Rosa Luxemburg (1871-1919) combinó la teoría política con una dura crítica a la guerra y las estructuras autoritarias. En el siglo XX, Hannah Arendt (1906-1975) estudió, desde su experiencia de la dictadura y el exilio, el totalitarismo y la libertad política. Arendt acuñó el concepto de la “banalidad del mal”: la idea de que personas corrientes pueden llegar a cometer los crímenes más atroces por falta de pensamiento crítico.
¿Qué papel desempeñó la burguesía?
Este auge también fue posible gracias al impulso de una nueva fuerza social: la burguesía ilustrada. En el siglo XVIII, comerciantes, juristas, clérigos y profesores adquirieron un peso cada vez mayor en la sociedad. Para ellos, la educación no era un lujo, sino un símbolo de estatus. Leer a Schiller, conocer la ética de Kant, ir a conciertos o tocar un instrumento eran señas de pertenencia a esta clase social.
A comienzos del siglo XIX, esta demanda de educación por parte de la burguesía coincidió con una reforma de gran alcance: las universidades alemanas —en Gotinga, Heidelberg y, más tarde, Berlín— se convirtieron en centros de investigación de referencia. Wilhelm von Humboldt (1767-1835) defendió un modelo de universidad que aunaba investigación y docencia y promovía el pensamiento independiente. Este modelo atrajo a estudiantes de toda Europa y América.
¿Qué significa hoy este legado?
La importancia que Alemania otorga a la educación cultural queda patente en los cuantiosos fondos que el Gobierno federal, los estados federados y los municipios aportan cada año a este ámbito: en total, destinan unos 15.000 millones de euros a la cultura. Alemania cuenta con casi 7.000 museos y cerca de 800 espacios teatrales; unos 1,3 millones de personas se dedican profesionalmente a la cultura.
Pero quien utiliza sin cuestionarla la expresión “poetas y pensadores” pasa por alto algo importante: Alemania también ha sido siempre escenario de profundas contradicciones políticas. Durante el nazismo, poetas y pensadores fueron perseguidos, asesinados o empujados al exilio, mientras el régimen utilizaba la cultura como instrumento al servicio de su ideología. Precisamente por eso, revisar de forma crítica esta visión de Alemania también forma parte hoy de su identidad.
Además, hoy el concepto de cultura se entiende en un sentido mucho más amplio: junto a museos, teatros, óperas y literatura clásica, hoy también tienen cabida clubes, espacios alternativos, galerías, cine, cultura pop y arte digital. La incorporación de la cultura techno berlinesa al patrimonio cultural inmaterial de Alemania en 2024 refleja bien esta transformación. El país de los poetas y pensadores no deja de reinventarse.