¿Por qué la protección de datos despierta tanta sensibilidad entre los alemanes?
La cultura de la protección de datos en Alemania tiene raíces históricas: dos dictaduras recopilaron y utilizaron los datos de forma sistemática para controlar a la población.
Los alemanes son especialmente cuidadosos con sus datos personales. Esto se refleja en el debate sobre la videovigilancia y el reconocimiento facial, en la cautela con los datos sanitarios, en el recelo hacia las cookies y la creación de perfiles de clientes y usuarios de Internet por parte de las empresas, así como en una firme defensa de los consumidores y una estricta legislación sobre protección de datos. Desde 2018, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) establece un marco jurídico común en toda la Unión Europea (UE). Sin embargo, en Alemania la protección de datos lleva mucho tiempo siendo una cuestión con una fuerte carga moral.
En 1983, el Tribunal Constitucional Federal acuñó en la República Federal de Alemania el derecho a la “autodeterminación informativa”. En principio, los ciudadanos deben poder decidir por sí mismos quién puede conocer qué información sobre ellos. Este derecho no nació solo de las protestas contra el censo de población de la época. Surgió en un país donde la cuestión de hasta dónde puede llegar el Estado a la hora de recabar información tiene un oscuro pasado.
El Estado nazi: registrar, clasificar, exterminar
La primera experiencia fue la del nacionalsocialismo, entre 1933 y 1945. La dictadura totalitaria aspiraba a ejercer un control absoluto sobre la sociedad. Origen, domicilio, profesión, religión, orientación sexual, enfermedades, ideología política: la información se convirtió en categorías; las categorías, en exclusión; y la exclusión, en deportación y asesinato. La Gestapo, la policía secreta del régimen nazi, vigilaba y perseguía a los opositores, los interrogaba, los torturaba y enviaba a miles de personas inocentes a los campos de concentración. Su poder no se basaba solo en la intimidación y la violencia, sino también en la información, las delaciones y el control de los datos. El censo de 1939 incluía una “tarjeta complementaria” en la que se preguntaba por el origen y la “raza”. El historiador Götz Aly calificó el fichero resultante como la “pieza clave para el registro de la población judía”, un paso decisivo que allanó el camino hacia el posterior Holocausto.
La RDA: la desconfianza también se colaba en la mesa de la cocina
Más cercana aún en el tiempo está la segunda experiencia de los alemanes: la dictadura socialista de la República Democrática Alemana (RDA), entre 1949 y 1990. Su servicio secreto, el Ministerio para la Seguridad del Estado, conocido como la “Stasi”, fue uno de los pilares en los que se sostuvo el régimen. En 1989, la Stasi contaba con más de 90.000 empleados y alrededor de 190.000 colaboradores no oficiales. Eso equivalía a un miembro del aparato de la Stasi por cada 60 ciudadanos de la RDA.
La Stasi no se limitaba a recopilar información. Administraba el miedo. Hoy, el Archivo Federal alberga unos 112,5 kilómetros de expedientes y cerca de 47 millones de fichas. Se calcula que hubo hasta 350.000 presos políticos. Muchas de esas condenas daban apariencia de legalidad a una profunda injusticia. El historiador Hubertus Knabe afirmó que el Código Penal de la RDA estaba redactado de forma tan ambigua que “bastaba el menor gesto de protesta para acabar siendo perseguido por motivos políticos”. El antiguo centro de detención preventiva de la Stasi en Berlín-Hohenschönhausen, hoy convertido en un lugar de memoria, es el mejor ejemplo de ese mecanismo. Allí el objetivo era quebrar la voluntad de las personas: aislamiento, manipulación, interrogatorios interminables y violencia física y psicológica. En la década de 1970, la Stasi perfeccionó la “descomposición”: difundir rumores, cerrar puertas en el ámbito profesional e infiltrarse en grupos opositores.
La vigilancia en la RDA era especialmente perversa porque venía de quienes estaban más cerca. Los informantes estaban en el trabajo, en la universidad o en la parroquia; a veces, incluso en el propio círculo de amigos. El cantautor crítico con la RDA Wolf Biermann, vetado de los escenarios desde 1965 y despojado de la nacionalidad en 1976, ridiculizó a quienes lo vigilaban en su “Balada de la Stasi”, a los que llamaba “pobres perros de la Stasi”. La burla era una forma de plantar cara. Pero ni siquiera eso podía cambiar que, en una dictadura, confiar en los demás supusiera un riesgo.
Encontrar el equilibrio adecuado
Así se explica que los alemanes reaccionen con recelo cuando se propone recopilar y guardar datos “para hacer la vida más fácil”. La lección aprendida: lo que hoy parece una simple herramienta de gestión, mañana puede convertirse en un instrumento de control. Al mismo tiempo, también queda claro: la protección de datos también puede resultar, en la práctica, innecesariamente burocrática. Por eso, el reto está en lograr una protección de datos eficaz, sin que se convierta en una carga burocrática innecesaria.